martes, 20 de marzo de 2012

Taller 17

Taller 17 PARTE I Un TLC previsible que resultó escurridizo A mediados de la primera década del Siglo XXI, el TLC con Estados Unidos parecía estar prácticamente ‘cocinado’. Cuando tuve la oportunidad de conversar en septiembre de 2005 con el entonces Jefe Negociador del Tratado por parte de Colombia, Hernando José Gómez, quien todavía ahora sigue tratando desde el gobierno de llevar a buen puerto esta iniciativa, me explicaba que se consideraba ‘normal’ en este tipo de negociaciones que se presentaran cerca de 15 rondas. En ese momento, Colombia ya había cumplido a cabalidad con ese estimado y evidentemente, la preocupación no estaba en el curso que debían darle en el país las instancias relacionadas como el Congreso o la rama judicial, porque iban en sintonía con el gobierno en el sentido de querer sacar adelante la iniciativa lo más pronto posible. La aprobación de este tratado por parte de estas instancias lucía como un mero hecho de trámite y, claro está, se sabía que el punto delicado era su paso por el Congreso de Estados Unidos, en donde Colombia jamás se ha visto como una prioridad estratégica. Y en este sentido, es bien distorsionado el foco que presentan los medios nacionales, ya que si el lector se guiara por la óptica que presentan, creería que nuestro país es un aliado de primera mano de EE. UU. y que se encuentran altamente preocupados por lo que sucede en el territorio nacional. De manera inimaginable, las preocupaciones de nuestro principal socio comercial se centraron en temas tan delicados y de los cuales no suelen ser abanderados como la defensa de los derechos humanos, en particular de los trabajadores y los sindicalistas. No fue sino que se anunciara la llegada de Obama a la Casa Blanca para que estas preocupaciones se intensificaran y en aquel entonces, el gobierno Uribe, con una maleabilidad acomodaticia que seguramente se ha refinado con Juan Manuel Santos, se alineara ladinamente con estos principios para hacerlos causa suya y recomponer así las cargas para agilizar la aprobación del Tratado. De este modo, lo que parecía un acuerdo que se habría ratificado hace al menos 5 años, se dilató más de lo pensado y tuvo que ser empaquetado con el de Panamá y Corea del Sur para ser presentado al Congreso, porque si hubiera sido por sí solo, quizá todavía nos tendría a punta de rogar para no siguieran extendiendo las preferencias arancelarias del Atpdea. Interpretativo PARTE II Del Estado de Sitio al Estado de Excepción Si bien es cierto que aunque suene ridículo, la democracia colombiana sigue siendo una de las más antiguas de América Latina, en buena medida lo ha logrado por el pertinaz espíritu santanderista que pervive en su sociedad y porque su sofisticada legislación, afecta a las ‘leguleyadas’, como las que tumbaron el referendo del Uribato y a la Fiscal Morales de Lucio, ha fabricado mecanismos retorcidos para entregar superpoderes al Ejecutivo, como si se tratara de un cómic cualquiera de Discovery Kids. Anteriormente, ese engendro con ribetes de ultraderecha y que se llamó ‘Estado de Sitio’ y bajo cuyo nombre se cometieron innumerables abusos y atropellos, campeó en la cotidianidad de los colombianos, hasta el punto de volverse una cuestión anómala, catalogada como normal. La historia registra con orgullo el momento autoritario en el que Carlos Lleras Restrepo, en una incierta noche de 1970, miró su reloj cuando solo había dos canales en Colombia, y “mandó a dormir al país”. ¡Vaya muestra de autoridad! Al otro día, luego de silenciar la radio durante la noche y mediando las marrullas del ‘Tigrillo’ Noriega, el país se levantó muy temprano con Misael Pastrana elegido espuriamente como presidente, en la maniobra que se conoció como “el robo del siglo” y dejando el germen del M-19, que asoló al país y más de 20 años después, no nos deja en paz con uno de sus hijos dilectos, @PetroGustavo, rey de la ‘Twittocracia’, que se parece a las reinas de belleza, que con cada anuncio, provocan una mezcla de hilaridad, furia y desconcierto entre el auditorio. La perniciosa figura del Estado de Sitio, en gracia de la Constitución de 1991, pareció haber devenido en la del Estado de Excepción, regido por una serie de parámetros que le abren las puertas al Ejecutivo para que, ante su ineficiencia, pueda valerse de él. Uno de los momentos más recientes en que dicho Estado hizo su intromisión en la vida pública nacional fue cuando el gobierno Uribe, ante su ineficacia para controlar el deplorable estado del sector de la salud en Colombia, decidió apelar a él para autoinvestirse de poderes, como una antesala de lo que pretendería con su calenturienta y macabra teoría del ‘estado de opinión’. Ni siquiera en su momento, el cuestionado Ministro Palacio, artífice de la ‘yidispolítica’, supo explicarle a los medios de una manera coherente el porqué apelar a este despropósito ni cuáles eran las motivaciones ni los alcances que se esperaban de estas improvisadas medidas. Aquellas torpes maniobras de entonces no generaron una solución razonable y ni siquiera el estallido de un escándalo como el de Saludcoop generó un ‘timonazo’ adecuado, dejando a la salud en el inveterado estado de postración que siempre la ha caracterizado. Interpretativo PARTE III Debate sobre la i-rresponsabilidad de los medios de comunicación El eterno debate sobre la responsabilidad social de los medios de comunicación jamás se detiene a pensar en el otro lado de la moneda: en el de la i-rresponsabilidad de su accionar y cómo ante diversos factores que afectan su desempeño, en muchas situaciones el periodista de ve abocado a emitir informaciones y juicios sin la debida ponderación. Son muchos los intereses y las presiones que distorsionan el trabajo de informar y en lugar de hacerlo claro y diáfano como el de suministrar datos a Miguel, el niño de 10 años, lo convierten en un acto que se cree de mejor calidad cuanto más abstruso resulte para sus lectores. El ‘Síndrome de la Chiva’, mezclado con el del maltrato laboral propio de los ‘maestros’ del viejo periodismo en Colombia, generan un coctel peligroso que puede desatar bochornosas chivas como aquella de la extinta Radionet en sus inicios, cuando dio por cierta la captura de Justo Pastor Perafán una tarde cualquiera en pleno World Trade Center bogotano. No resulta raro que directores y editores de medios terminen pariendo inverosímiles enfoques, que inyectan como una orden a sus periodistas y que el pobre cargaladrillos tiene que ver cómo lo complace, so pena de ver cómo su puesto peligra, ya que “allá afuera hay miles haciendo fila detrás de usted”, que en el momento en que falle, será reemplazado como un vil fusible. Así, a diario y de manera inadvertida, los medios bestializan en titulares y contenidos informativos y resulta un atrevimiento solicitar una rectificación, que en el caso de ser recibida, se toma con una mezcla de aprensión y arrogancia. El periodista la evade porque sabe que le cuesta el puesto y el medio la esquiva porque la cree lesiva para su maltrecha credibilidad, de allí que cuando esos ajustes se producen, solo se ven escondidos en las páginas interiores y parece una falta de respeto solicitar que se haga con el mismo despliegue que se le dio en su momento. Además, el solo hecho de que en la mayoría de los casos prefieran llevar los casos hasta las instancias judiciales, hace que solo se puedan enfrentar a ellos poderosos conglomerados que sí están en capacidad de sobrellevar un proceso que resulta costoso.

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